lunes, 19 de marzo de 2018

Con la ayuda de todos


No sabíamos a qué temperatura funcionaría mejor el experimento. A cero grados, la fórmula funcionó magistralmente. Recorrer el enigma de una ciudad, callejearla, es siempre una respuesta de opción múltiple. A las clásicas guías de papel hay que sumar las recientes aplicaciones de móvil o los guías de carne y hueso, que abandonan sus clásicos uniformes para teatralizar las visitas vestidos de romanas o de pintores dieciochescos. El motivo central puede ser recorrer bares de tapas, escenarios de películas o parques de extrarradio. Hay motivos más espurios, como elegir cualquier trasero y seguirlo hasta que desaparezca en un portal, o trazar cualquier otro trayecto que incluya baldosas de un mismo color o árboles de la misma especie.  

Aquí donde la ves, Zaragoza, esta ciudad anodina o ventosa, según el día, hecha por el sedimento de sus tres ríos, tiene esas mismas y variadas posibilidades para patearla: la ruta de los Héroes del silencio, la de las terrazas abiertas, la de las cajas de ahorro cerradas, la de las pintadas, la de los innumerables bustos de prohombres o la de las mejores madejas. A eso hay que añadir que los caminos de este Departamento se bifurcan y multiplican, tan caprichosos como inescrutables, y que en cualquier incursión que hagamos con nuestros alumnos el mito de las tres culturas se derrumba ante unas 50 nacionalidades caminando a compás.

La reacción al experimento funcionó desde el principio. No sé si serían los reactivos, el flujo de energía o esa temperatura que fue aumentando a medida que avanzaba la mañana. Me inclino a pensar que fue, una vez más, cuestión de suerte o de intuición. El punto de apoyo era pasar a media mañana a tomar un chocolate por La Fama. A partir de ahí, movimos el mundo. La respuesta de opción múltiple (a, b, c) incluía el clásico de “todas las respuestas anteriores son correctas”. Y eso hicimos. Desde las 10:00 y desde la Plaza de España. Apostar por todas y a por todas.

 


Salió el plan. Probamos el chocolate. Lo mezclamos con churros y merinos. Entramos al Santo Sepulcro. Nos dejamos llevar. Y salimos del laberinto, hacia una ciudad menos extraña, más nuestra y más de todos. Con la ayuda de todos.






























viernes, 12 de mayo de 2017

Excursión a Sabiñánigo, Lárrede y Larrés (11/05/2017)

 

Como casi todos los años, el departamento de español en pleno hemos escapado hacia territorios más o menos ignotos: esta vez hacia el Pirineo, con Sabiñánigo como foco y con los museos como lección. Acudimos, profesores y estudiantes, a conocer el Museo Etnográfico del Serrablo, que nos recibió con una mañana cargada de nubes, oscura y plena de malos presagios. Sin embargo, al entrar en el Museo Etnográfico todo fue calidez. Enormes cantidades de herramientas, aperos, cestas, muebles, vestidos, … cargados de la ilusión de las personas que los utilizaron y que ya forman parte de nuestros ancestros.

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Antes de comer, nos escapamos a Lárrede para ver esa iglesia pequeña, recoleta, hermosa construida por los mozárabes y que cuenta con arcos de herradura en la puerta y las ventanas, mientras que la planta y el ábside son puramente románicos. Aprovechamos para recordar que en España fue posible la convivencia de las tres religiones monoteístas durante siglos, hasta que la política y los asuntos de estado consiguieron romper esa paz que hasta entonces había habitado en los corazones de sus pobladores.

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Finalmente, tras la comida, corrimos al castillo de Larrés para ver uno de los pocos museos del Dibujo en España y, por supuesto, mereció la pena: el entorno, la colección expuesta, el cuidado, la restauración, las palabras del guía, la paciencia y atención de los estudiantes… todo fue un éxito.

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Gracias a todos los profesores del Departamento de Español que ayudaron a que todo funcionara como un reloj y gracias por supuesto a los estudiantes que ayudaron e hicieron que la excursión fuera un maravilloso ejemplo de convivencia y alegría.